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Brujitas: la pirotecnia mínima de México

Pequeñas, discretas y sin luces en el cielo, las brujitas son uno de los artefactos pirotécnicos más sencillos y, a la vez, más profundamente arraigados en la cultura popular mexicana.

Conocidas originalmente como pop pop, las brujitas han acompañado durante décadas festividades como las Fiestas Patrias, la Navidad y el Año Nuevo, convirtiéndose en un sonido familiar en patios, banquetas y calles de todo el país.

Las brujitas son dispositivos pirotécnicos de muy baja intensidad, diseñados únicamente para producir un breve estallido sonoro al entrar en contacto con el suelo o al ser presionados. A diferencia de otros fuegos artificiales, no generan flama, chispas ni efectos visuales, lo que las distingue por su simplicidad.

Su origen se remonta a China, cuna de la pirotecnia desde hace más de mil años, donde el desarrollo temprano de la pólvora permitió la creación de mezclas explosivas de baja potencia. A través del comercio y los intercambios culturales, estos artefactos viajaron a distintas partes del mundo y, en México, fueron adoptados y resignificados hasta integrarse plenamente en las celebraciones populares.


En su interior, las brujitas contienen diminutos fragmentos sólidos generalmente piedrecillas o granos de arena recubiertos con una cantidad mínima de fulminato de plata, un material explosivo altamente sensible. La detonación ocurre por impacto o fricción: basta arrojarlas al suelo para que estallen de inmediato, sin necesidad de mecha, cerillos o encendedor.


En México, las brujitas están íntimamente ligadas al juego y la convivencia familiar. Se venden comúnmente en tianguis, mercados, ferias y puestos de cuetes durante las temporadas festivas. Para muchas generaciones, forman parte de un ritual sencillo: lanzar una al piso, escuchar el estallido y reírse del susto breve.


Aunque se consideran de bajo riesgo en comparación con otros fuegos artificiales, las brujitas siguen siendo productos pirotécnicos. Su uso indebido en espacios cerrados o arrojadas directamente a personas o animales puede provocar accidentes o molestias.

En años recientes, también han generado debate en zonas urbanas y turísticas, donde el ruido repentino puede asustar a transeúntes y mascotas. Aun así, su presencia persiste, ocupando un lugar particular en el imaginario colectivo.


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