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¿México es el país más surrealista del mundo?

Con frecuencia, sobre todo al hablar de situaciones políticas, sociales o culturales difíciles de explicar, se escucha decir que México es un país surrealista. La frase suele atribuirse a Salvador Dalí, quien afirmó: "De ninguna manera volveré a México; no soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas».

Aunque esta cita no está documentada de manera formal y parece más una frase filtrada que histórica, existe un antecedente real y comprobable: la declaración de André Breton, fundador del surrealismo, quien definió a México como «el país más surrealista del mundo».

Pero ¿qué quisieron decir realmente estos artistas con esa afirmación?


El término surrealismo fue acuñado por Guillaume Apollinaire en 1917, pero adquirió su significado pleno en 1924, cuando André Breton publicó el Manifiesto Surrealista. En él, definió el surrealismo como:

“Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón y ajeno a toda preocupación estética o moral”.

En esencia, el surrealismo propone liberar la mente, permitir que el pensamiento fluya sin censura racional, moral o estética, y dar espacio a lo onírico, lo inconsciente y lo aparentemente ilógico. No se trata de lo absurdo por sí mismo, sino de una realidad más profunda, similar a la de los sueños.


André Breton llegó a México el 18 de abril de 1938, invitado por Diego Rivera. Durante su estancia de cuatro meses recorrió estados como Nuevo León, Michoacán y Jalisco, además de pasar una parte importante de su tiempo en la Ciudad de México.


En la capital, Breton visitó la UNAM, asistió a exposiciones artísticas y convivió con figuras centrales de la cultura mexicana. Fue huésped de Diego Rivera y Frida Kahlo, y en la Casa Azul conoció a León Trotski, exiliado político en México. Esta convivencia con artistas, revolucionarios, mitologías vivas y tradiciones ancestrales impactó profundamente su percepción del país.


Para Breton, México no era surrealista por ser extraño, sino porque su realidad parecía un sueño permanente, donde convivían sin conflicto lo prehispánico, lo colonial, lo moderno, lo religioso, lo festivo y lo trágico.


Aunque la famosa frase atribuida a Dalí no cuenta con respaldo documental sólido, sí refleja una idea compartida por muchos surrealistas europeos: México superaba al surrealismo artístico, porque no necesitaba inventar lo onírico; lo vivía cotidianamente.

La muerte celebrada en el Día de Muertos, los mercados llenos de símbolos, la mezcla de fe indígena y católica, los contrastes sociales extremos y la manera en que lo mágico se integra a la vida diaria eran, para los surrealistas, manifestaciones naturales de aquello que ellos intentaban recrear en el arte.


Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, México se convirtió en refugio de numerosos artistas e intelectuales europeos. Figuras como Leonora Carrington, Remedios Varo, Kati Horna y Antonin Artaud encontraron en México no solo asilo, sino inspiración.

Según Ricardo Echávarri, director del Centro de Estudios Surrealistas en la Ciudad de México

“México se convirtió, por esos azares del destino, en el país surrealista por excelencia, al recibir a grandes autores que encontraron aquí un entorno propicio para la libertad creativa”.

Estas artistas no solo vivieron en México, sino que integraron su cosmovisión, mitología y simbolismo en su obra, creando un surrealismo profundamente influido por la cultura mexicana.

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