La peor tragedia aérea en la historia de Chihuahua
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El 27 de julio de 1981, la ciudad de Chihuahua fue escenario de uno de los episodios más trágicos en la historia de la aviación civil en México. Ese día, el Vuelo 230 de Aeroméxico, operado por un avión McDonnell Douglas DC-9-32 identificado con el nombre Yucatán, sufrió un grave accidente al intentar aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Chihuahua.
La aeronave cubría una ruta nacional que partía de Monterrey y tenía como destinos Chihuahua, Hermosillo y Tijuana. A bordo viajaban 66 personas, entre pasajeros y tripulación. La aproximación a Chihuahua se realizó bajo condiciones meteorológicas adversas, con presencia de lluvias intensas, vientos fuertes y una visibilidad considerablemente reducida.
Estas condiciones climáticas comenzaron a complicar la maniobra final de aterrizaje.
Durante el descenso, el avión logró tocar la pista, pero lo hizo de manera inestable. Testimonios y reportes oficiales señalan que la aeronave rebotó violentamente tras el primer contacto con el suelo, lo que provocó la pérdida de control. Segundos después, el DC-9 se salió de la pista y continuó su desplazamiento fuera del área de aterrizaje. En ese trayecto, el fuselaje se fracturó y se produjo un incendio de gran magnitud que envolvió rápidamente gran parte del avión.
La escena que siguió fue caótica. El fuego y el humo se propagaron con rapidez dentro de la cabina, dificultando la evacuación. Algunos pasajeros lograron salir por sus propios medios, mientras que otros quedaron atrapados. Personal del aeropuerto, bomberos y servicios de emergencia acudieron de inmediato al lugar del siniestro, trabajando contrarreloj para rescatar a los sobrevivientes y sofocar las llamas.
El saldo final fue de 32 personas fallecidas, entre ellas pasajeros y dos miembros de la tripulación, mientras que 34 ocupantes sobrevivieron, muchos con lesiones graves, quemaduras y fracturas. La mayoría de las muertes se produjeron a causa del incendio y la inhalación de humo, más que por el impacto inicial.
Las investigaciones posteriores concluyeron que las condiciones climáticas severas fueron el principal factor que contribuyó al accidente, al generar una aproximación inestable que impidió un aterrizaje seguro. No se atribuyó el siniestro a fallas estructurales del avión, sino a una combinación de clima adverso y pérdida de control durante la maniobra final.
Este accidente marcó profundamente a la sociedad chihuahuense y permanece hasta hoy como el desastre aéreo más grave ocurrido en el estado de Chihuahua, además de ser uno de los más significativos en la historia de Aeroméxico.





