Lago de Arareko
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A tan solo cinco kilómetros de Creel, en el corazón de la Sierra Tarahumara, se encuentra uno de los paisajes más emblemáticos de Chihuahua: el Lago de Arareko. Rodeado por extensos bosques de pino, encino y madroño, este cuerpo de agua de aproximadamente tres kilómetros de longitud parece un enorme espejo que refleja el cielo serrano y las imponentes formaciones rocosas que lo rodean.
Aunque hoy es uno de los destinos turísticos más visitados del estado, el lago forma parte del territorio ancestral del pueblo rarámuri, cuyos habitantes han conservado durante siglos una profunda relación espiritual con la naturaleza. Para ellos, los bosques, las montañas, los manantiales y los lagos no son únicamente paisajes, sino lugares donde habitan fuerzas y seres que merecen respeto.
Entre las historias que aún sobreviven en la tradición oral rarámuri, una de las más llamativas está relacionada con el arcoíris.
Mientras que para muchas culturas representa esperanza o buena fortuna, entre los rarámuri antiguamente era visto con cautela. Se decía que el arcoíris nacía en un manantial escondido, considerado la entrada a otro mundo donde habitaban espíritus. Según la creencia, podía atraer y llevarse a las jóvenes que lo miraban demasiado tiempo, convirtiéndolas en sus esposas y alejándolas para siempre de sus familias.
También se creía que el arcoíris anunciaba el fin de la temporada de lluvias, algo especialmente preocupante en una región donde el agua siempre ha sido un recurso invaluable. Por ello, algunas personas realizaban antiguos rituales simbólicos, como levantar un cuchillo hacia el cielo para "cortar" el arcoíris y evitar que las lluvias terminaran demasiado pronto.
El Lago de Arareko no es completamente natural. Se formó hace muchos años cuando las aguas de dos arroyos fueron represadas, dando origen a este hermoso espejo de agua con forma de herradura. Con el paso del tiempo, la naturaleza hizo suyo el lugar y hoy resulta difícil imaginar que alguna vez tuvo un origen distinto.
En sus alrededores se encuentra la histórica Misión de San Ignacio de Arareko, construida por los jesuitas en el siglo XVIII, además de sitios como el Valle de los Hongos, el Valle de las Ranas y el Valle de los Monjes, donde gigantescas columnas de roca moldeadas por millones de años de erosión completan uno de los paisajes más espectaculares del estado.





